Fotocomedor

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viernes, 5 de septiembre de 2014

Del pueblo

 Pienso siempre lo mismo ¿por qué cuando vuelvo del pueblo estoy como enredado en una maraña de nostalgias? Allí todo es un racimo de sensaciones: las paredes, las esquinas, las bodegas, los espacios hoy vacíos, las campanas….Ese  todo tiene significado, anclado en la niñez o en la juventud pero tiene fuerza para la representación.
Vecinos y vecinas con los que cruzas un obligado saludo, olvidados sus nombres, tienen sus rostros un espacio en la memoria y amplían el sentir de tus recuerdos. Ves a la familia y notas instintivamente que los quieres más, que los quieres más que la última vez que nos vimos, porque hemos tenido que abrir sin querer los brazos a algunas desgracias y crees sufrir la distancia que te separa durante el año como si fuera el castigo de un Dios indolente.
He salido algunas mañanas con mi nieta a cuestas a buscar el pan y a toparnos con una frescura vivificadora. Esa luz clamorosa y esa sombra protectora de un sol en alza, advirtiendo ya de lo que va a ser capaz de hacer el resto del día, es para defenderse. Y abuelo y nieta se defienden, como siempre, con un nudo de abrazo.
Pienso en las prudencias necesarias a las que nos obliga la enfermedad de mi chiquitina y esa luz, y esa sombra, y ese aire me dejan abandonarlas en el olvido. Ella, en mis brazos, balbuceante todo el camino, parecía contarme lo contento que yo estaba y lo contenta que ella iba. Me cruzaba la mirada, inclinada su cara frente a la mía, para hacer guiños, muecas, “torete” de ceño fruncido, y labios, y nariz, y monerías que regalan orgullo a su abuelo y desencadenan sonrisas complacidas.

Se para el tiempo. Os juro que se para el tiempo como si fuera una trinchera frente a futuros inciertos. Mas allá de nostalgias estoy seguro que ganaremos mil batallas si nos traemos el aire del pueblo.

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