Fotocomedor

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domingo, 20 de agosto de 2017

Tarde

Vuelvo al pueblo y por donde quiera que pase tengo la sensación de llegar tarde. Tarde para ocupar de nuevo la casa donde nací; tarde para recuperar noches de estrellas testigos de amores juveniles; tarde para reencontrar amistades que se han despedido para siempre; tarde para recuperar las intensas fragancias de mi niñez; tarde para encontrar los perfiles nocturnos del secreto y el deseo; tarde para para encontrar mi reflejo en la fuente pequeña, plagada de asustadizos cangrejos; tarde para oír el resoplar de los caballos bebiendo aguas cristalinas y, por supuesto, tarde para olvidar algunas amarguras. Pasa ante mí, en esta calurosa tarde de agosto, ese río de Heráclito que ya nunca es el mismo.

Pero me reconforta levantar la cabeza y contemplar esos campos infinitos, esas ondulaciones que enseñan una Naturaleza amansada, obediente: la que nos da las cosechas. Siguen los girasoles su luz y veo cepas centenarias, generosas, que nos entregarán el vino que mimamos y ofrecemos con liturgia al fresco de las bodegas, verdaderos úteros entrañables de la madre tierra. Me reconfortan esos peinados surcos del arado que bajo una mirada a todo lo largo parecen incrustarse en el mismo cielo.

Piso tierra de leyendas, relatos, romances (“Amor mío si te vas no bebas agua del Duero…”) mitos, cuentos al borde de la cama que atizan los sentimientos entre el miedo y la alegría, pues acaban todos bien, restituyendo injusticias, salvando a niños y animales de la presencia del mal, del lobo.


Todo me rebela, casi sin darme cuenta, que no he aniquilado la memoria, que se alarga como estas sombras del atardecer para que nada quede en el olvido.

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