Fotocomedor

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domingo, 22 de julio de 2012

VRO

Villa Romana de La Olmeda
El año pasado tuvimos la suerte de que nuestros primos nos llevaran a esta villa romana en Palencia. Me ha parecido un lujo añadir como comentario a mis fotografías las palabras de uno de los escritores que más admiro: Antonio Muñoz Molina. Por tanto, los comentarios, son de este artículo de El País, que recomiendo leer entero, naturalmente.
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La fealdad es siempre invasora: quizás lo propio de la belleza es presentarse con una cierta discreción, resaltar con naturalidad y hasta algo de cortesía en vez de imponerse tiránicamente o caprichosamente sobre lo que la rodea. En un paisaje de horizonte limpio que ya va teniendo los verdes fértiles del Norte se ve, alzado apenas en un montículo, sobre la tierra de labor y contra un fondo de chopos, el edificio que Ignacio Pedrosa y Ángela García de Paredes idearon para cubrir las ruinas de la villa romana de La Olmeda. 



Sobre muros claros de hormigón una alta celosía rodea y revela a medias una nave que vista desde el interior tendrá algo de la estructura flotante de un hangar de zeppelines.



Ese pasado remoto se muestra con la probidad meticulosa de la arqueología, que prefiere no rellenar con invenciones los espacios en blanco, dejar constancia, junto a cada hallazgo tangible, de la amplitud de todo lo que no se sabe.




En el interior de su edificio límpido de principios del sigloXXI, la villa del siglo IV parece preservada como dentro de un cofre, emergiendo de la tierra y a la vez suspendida en el tiempo en una jaula translúcida. Lo más antiguo y lo más nuevo coexisten sin confusión en una doble temporalidad simultánea.




Al llegar a él y luego al alejarse del edificio, desde las ventanillas del coche, se alza en el horizonte y al mismo tiempo se agrega a la línea que forman, en planos sucesivos, la tierra desnuda, los chopos, la serranía lejana. Si es tan factible y hasta tan evidente la belleza, tan simple, tan útil, uno se pregunta por qué tiende a ser más común la fealdad.









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