Fotocomedor

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domingo, 12 de junio de 2016

Amor

No pocas veces se encuentra uno enfrentado en un espontáneo coloquio a la pregunta de qué es el amor, pregunta socrática donde las haya que cuenta con la dificultad para definir fiablemente, objetivamente, este término eterno. Fuera más fácil descubrirlo por la vía del sentir y así acaba generalmente la búsqueda de la definición por una entrega jubilosa a definir qué es hacer el amor.
En estas cosas estaba cuando al poco tiempo descubro un texto de Foucault que arranca con las utopías, aquellos lugares inaccesibles en los que el cuerpo se borra, seguramente por su perfección, deseo ilimitado, y desembocando en la conciencia de sus contornos, su densidad, su presencia, su humanidad.
Cercando una posible definición, según el filósofo, “valdría decir que hacer el amor implica sentir que el cuerpo propio se cierra sobre sí mismo, que por fin se existe fuera de toda utopía con toda la densidad de uno entre las manos del otro: bajo los dedos del otro que te recorren, tu cuerpo adquiere una existencia; contra los labios del otro tus labios devienen sensibles; delante de sus ojos entrecerrados nuestro rostro adquiere una certidumbre y hay, por fin, una mirada para ver tus pupilas cerradas. Al igual que el espejo y que la muerte, el amor también apacigua la utopía de tu cuerpo, la acalla, la calma, la encierra en algo así como una caja que después sella y clausura; es por eso que el amor es tan cercano pariente de la ilusión del espejo y de la amenaza de la muerte. Y, si a pesar de esas dos peligrosas figuras, nos gusta tanto hacer el amor, es porque cuando se hace el amor el cuerpo está aquí”.*

Humano, muy humano. 
*( Michel Foucault, “Topologías”, Fractal nº 48, enero-marzo, 2008, año XII, volumen XIII, pp. 39-62.

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