Fotocomedor

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jueves, 20 de noviembre de 2014

Vivir sin miedo

En el tono y en la forma hoy me ha gustado este enlace de Eduardo Galeano. 


La fiesta de la insignificancia

He sentido una extraña sensación de escepticismo de Milan Kundera tratando  las falacias del poder, el erotismo, la cultura, pinceladas que se tocan en esta novela posiblemente con la carga de la edad del autor. He notado un punto de vacío como cuando uno se despide y no sabe con qué quedarse. En esta novela hay referencias a sus otros libros y esos guiños a más de uno se nos escapan. He elegido esta tragicomedia (sentimiento que no se abandona casi nunca en la lectura) que describe una paradoja original.


—Pero ¿quién era Kalinin? —preguntó Calibán.
—Un hombre —continuó Charles— sin po­der real alguno, un pobre e inocente pelele, quien, sin embargo, fue durante mucho tiempo presiden­te del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado. Vi una vez una foto suya: un viejo mili­tante obrero con una barbita puntiaguda, enfun­dado en una chaqueta mal tallada. Ya por enton­ces Kalinin era viejo, y su próstata hinchada le obligaba a mear con frecuencia. La pulsión urinaria era siempre tan fuerte y repentina que le obligaba a correr hasta el primer urinario que en­contrara, aunque estuviera en un almuerzo oficial o en pleno discurso ante una numerosa audien­cia. Había adquirido ya una gran destreza. Todo el mundo en Rusia recuerda aún hoy una gran fiesta que tuvo lugar durante la inauguración de un nuevo teatro de ópera en una ciudad de Ucra­nia durante la que Kalinin pronunció un larguí­simo discurso solemne. Se veía obligado a in­terrumpirlo cada dos por tres y, cada vez que se alejaba del atril, la orquesta empezaba a tocar música folclórica y unas bellas y rubias bailari­nas ucranianas saltaban al escenario y se ponían a bailar. Al regresar al estrado, Kalinin siempre era recibido con grandes aplausos; cuando volvía a abandonarlo, los aplausos redoblaban su fuerza para saludar el regreso de las rubias bailarinas; y, a medida que se aceleraba la frecuencia de sus idas y venidas, más largos, más fuertes y más cordiales eran los aplausos, de tal manera que la celebra­ción oficial se había convertido en un alegre, en­loquecido, orgiástico clamor como jamás había conocido el Estado soviético.
Pero, cuando Kalinin se encontraba en su re­ducido círculo de camaradas, a nadie se le ocurría aplaudir su orina. Stalin iba contando sus anécdotas, pero Kalinin era demasiado disciplinado para atreverse a molestarlo con sus idas y venidas al baño. Tanto más cuanto que Stalin, mientras hablaba, lo clavaba con la mirada al tiempo que él iba palideciendo hasta terminar en una mueca. Eso animaba a Stalin a alargar aún más la narra­ción, a añadirle descripciones y digresiones, y a postergar el desenlace hasta que, de repente, la cara tensa frente a él se relajaba, la mueca desa­parecía, se le distendía la expresión y una aureola de paz rodeaba su cabeza; sólo entonces, cuando sabía que Kalinin había perdido una vez más su gran batalla, Stalin pasaba rápido al desenlace, se levantaba de la mesa y con una sonrisa amisto­sa y alegre, ponía fin a la sesión. Todos los de­más también se levantaban y miraban con mali­cia a su compañero, que se colocaba detrás de la mesa, o detrás de una silla, para ocultar su pan­talón mojado.
A los amigos de Charles les encantaba imagi­nar esa escena. Sólo después de una pausa, Calibán se animó a interrumpir aquel animado silencio:
—En todo caso, eso no explica en absoluto por qué Stalin dio el nombre del pobre prostático a la ciudad alemana donde vivió toda su vida el célebre... el célebre...
—Immanuel Kant —apuntó Alain.
Cuando, al cabo de una semana, Alain volvió a ver a sus amigos en un bistró (o en casa de Charles, ya no me acuerdo), enseguida interrum­pió su conversación:
—Quiero deciros que, para mí, es absoluta­mente admisible que Stalin diera el nombre de Kalinin a la célebre ciudad de Kant. Ignoro qué explicaciones habréis podido encontrar a este asun­to, pero yo sólo le veo una: Stalin debía de sentir por Kalinin una ternura excepcional.
La sorpresa jovial que descubrió en la cara de sus amigos no sólo le encantó sino que incluso le inspiró.
—Sí, ya sé, ya sé... La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lu­cifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamien­tos, asesinatos, masacres. No lo pongo en duda, muy al contrario, quiero incluso recalcarlo para que aflore con mayor claridad que, frente al in­menso fardo de crueldades con las que él debía cargar y vivir, era imposible que dispusiera de un bagaje igualmente inmenso de compasión. ¡Se habría superado cualquier capacidad humana! Para vivir su vida tal como era, no podía sino anestesiar y luego olvidar del todo su facultad de apiadarse. Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un peque­ño dolor, un dolor concreto, individual, compren­sible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un dé­bil, modesto sentimiento casi desconocido, en todo caso olvidado: el afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso. La ternura aumentaba en el cora­zón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin. Redescubrir un sentimiento que había dejado de sentir desde ha­cía mucho tiempo era para él de una inexpresable belleza.


martes, 18 de noviembre de 2014

La dichosa realidad

La derecha parece tener una relación más privilegiada con la realidad si nos ponemos a compararla con la izquierda. Eso significa que antes o después te van a dar con la realidad en los morros. La mejor manera de tapar un discurso de izquierdas es atizar con la realidad.

Pero los propios realistas han dado muchas vueltas a la realidad, esa especie de referencia infalible y machacona que tanto gustan de usar los conservadores. Como decía Zabala “la verdad no es el resultado de determinadas descripciones, sino una consecuencia de interpretaciones productivas pero siempre incompletas”.

La realidad, entendida como objetivo práctico, objetivo que reinterprete la realidad a conseguir, es un elemento de emancipación que nos libra de la auto contemplación teórica, algo que por cierto a veces se acerca al fanatismo, y nos acerca a la rebelión contra lo que se presenta como definitivo e inamovible. La mejor libertad es aquella que se consigue o se conquista con resistencia, dejándonos las plumas por el camino, y sin eso nos perderíamos probablemente en el vacío y la locura, eso sí, puros como ángeles. Somos cuerdos porque las cosas no son fáciles, nos afrentan y nos devuelven como un espejo algunas contradicciones. Un proyecto político no desmentido, afrentado, no nos deja descubrir nuestras incongruencias y el buen uso que hayamos hecho de la libertad. La liberación de un proyecto político está en la experiencia de cambiar las cosas, transformando nuestra revuelta ilusoria y puramente expresiva, en modificaciones sustantivas de la realidad. 
Nuestra voluntad de hacer frente a los realistas, que tan afanosamente custodian la realidad actual, es el instrumento, es nuestra alternativa. Voluntad y voluntad de cambio porque hay otra realidad posible que nace de la ilusión de romper lo que se nos presenta como imposible, es esa capacidad y voluntad lo que arrancará la hegemonía de interpretación conservadora sobre la realidad. ”Seamos realistas” es en estos momentos la expresión de una incapacidad para el cambio, para nuevas alternativas.

La realidad es un campo de batalla y no podemos rendirnos ni perder la oportunidad de definirla y gestionarla. Los valores de la izquierda deben medirse y confrontarse con diagnósticos y actuaciones eficaces. Lo que está claro es que el discurso de los “realistas” se mantiene hoy como la relación de un estrepitoso fracaso en lo ético, lo social, lo político y lo económico.

Nos toca conquistar la realidad y puede que este sea el momento.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Sagrada Familia

Si queréis sentir emoción con la arquitectura; con la fe religiosa o con el escepticismo ateo; con la matemática; con el lenguaje inverosímil de la naturaleza, acercaros a la Sagrada Familia, es con seguridad una mirada a lo divino pero indudablemente para mí, más a lo humano y su capacidad creadora. Piedra, madera, forja, todo lo trató Gaudí como un sabio renacentista. Una visita de dos horas y media saturando los sentidos.

lunes, 20 de octubre de 2014

Menorca otra vez

Recreándome en algunas imágenes de un nuevo viaje a Menorca en septiembre pasado, las he juntado con música y con un ligero texto que habla de la luz, de la mucha luz de Menorca.

viernes, 10 de octubre de 2014

Exposicion pintura fotografia

Estuvimos en la exposición de mis amigos Tomás y Agustín. Guapísima y digna esta exposición que además tenía un añadido solidario, generoso: los dos artistas daban íntegramente el beneficio de la venta a la Asociación Catalana de Fibrosi Quística a la que estoy íntimamente ligado. Ya os podéis imaginar mi enorme agradecimiento, mucho antes de saber si se venderían o no los cuadros. El valor moral estaba entregado; el valor de mercado y el mercado, ya sabéis que va por donde le da la gana. Lo importante fue el encuentro entrañable y la sensación de que le gustó a todo el mundo, que no es poco.
En el acto de presentación me permití un enfoque modestito de lo que me parecía y conocía del trabajo de mis amigos que aquí dejo:

“Históricamente el diálogo entre fotografía y pintura ha sido constante desde el mismo momento en que aparece la fotografía. El punto álgido de este diálogo, de su relación, vamos a tratar de encontrarlo en esta exposición y se pretende que nos llevemos la impresión de haberle reconocido a la fotografía su estatuto de equivalencia artística respecto a la pintura. De ser así nos habremos alejado de las interpretaciones más románticas de algunas posturas en el mundo del arte que afirman que la fotografía, por ser un medio mecánico se aleja del espíritu que transmite la mano del pintor. En la elección del tema, el encuadre, el ángulo de observación, el momento de la luz, etc., es donde empieza a funcionar el instinto artístico del fotógrafo así que la intervención de la máquina reveladora, química o digital, no estorba para nada en la labor artística, en la labor expresiva, y desde luego no echa de menos la “pincelada” como acto de afirmación de su trabajo.

Sea pintura o sea fotografía vamos a tratar de justificar y comprender cómo el arte nos muestra la materia o la forma aristotélica; la idea o la sombra platónica; la realidad o el sueño; los objetos de los sentidos o los objetos de la razón. Siempre encontramos en el arte una lucha por los límites, en constante búsqueda de nuestra capacidad para expresar lo que sentimos, lo que pensamos, lo que intuimos, lo que nos perfecciona o lo que nos degrada.
 Decimos que hay una patente conexión entre arte y vida porque de ella surgen las sensaciones, los sentimientos, los estímulos que provocan al artista. Decía Wassily Kandinsky: “Es necesario que el pintor cultive no sólo sus ojos sino también su alma para que ésta aprenda a sopesar el color con su propia balanza y actúe no sólo como receptor de impresiones exteriores sino como fuerza determinante en el nacimiento de sus obras. Vale esta afirmación en igual medida para el fotógrafo.
Así que con esa mirada que también mueve el alma, este par de artistas, nos muestran su trabajo  con el medio  que tienen para expresarse y lo hacen además de una manera honesta, con arte y con talento. No hay pretensión de engañar al observador, no se pretende crear dudas en las fronteras de la fotografía y la pintura. Se pretende una reflexión en ese límite que utiliza el fotógrafo con el dominio de la técnica dejándose llevar por su intuición. A partir de su resultado el pintor, armado igualmente con su intuición y su técnica, es decir, desde el mismo plano interpretativo que aquél, inicia y elabora su obra como si recogiera un testigo del fotógrafo. Así pues, no hemos acabado de ver la fotografía cuando ya nos encontramos en la pintura que es el resultado de una proyección complementaria, no contrapuesta, puesto que el pintor ya cuenta con el conocimiento del tema elaborado por el fotógrafo incluso antes de que este reinterprete su fotografía. El fotógrafo comienza en el campo de luz de su objeto mientras que el pintor ya arranca su visión y su inspiración en ése momento. La libertad del fotógrafo lo llevará hasta los límites en que quiere entregar el testigo al pintor. El resultado es coherente y armónico y es una apuesta para mover el campo de nuestra variada sensibilidad. Ese es el juego. Disfrutad de él.”


lunes, 8 de septiembre de 2014

Los miserables

Leí un artículo, en una de esas revistas de relleno en los hoteles, a un periodista para mí absolutamente desconocido que se llama Javier Marrodán y me gustó la entrada porque citaba a Victor Hugo y su grandísima obra Los Miserables. En uno de los capítulos Victor Hugo decía que hay dos tipos de historiadores: están los que se ocupan sólo y exclusivamente de los sucesos y están los que se sumergen, los que descienden al fondo de la realidad.
Los primeros estarían en palabras del literato “en la superficie de la civilización”, o sea, cuentas y cuentos de monarquías, sus leyes de sucesión, sus descendientes, los grandes hombres de la política y sus dimes y diretes. Algo así como una síntesis de toda la prensa rosa y los mediáticos más amarillos  de nuestra época aliñados con los números macroeconómicos felices de nuestro gobierno además de los grandes titulares estratégicos de los más poderosos del mundo sobre la guerra o la economía.
Los segundos hablan y escriben sobre “el pueblo que trabaja, que padece, que espera y desespera, las mujeres oprimidas, los niños que agonizan, las terribles ferocidades oscuras, sórdidas, las evoluciones secretas de las almas, los estremecimientos indistintos de la multitud, los pobres que mueren de hambre, los desheredados, los huérfanos, los desgraciados, los infames”. Victor Hugo enfoca la injusticia y anima a luchar contra ella.

Hoy podemos señalar muchos frentes de la injusticia, de la miseria, de la guerra, de la desigualdad y lamentablemente parece pillarnos siempre más lejos de lo que realmente están, de lo que realmente son. Necesitamos esos historiadores como los propuestos por Victor Hugo: “Nadie puede ser un buen historiador de la vida patente, visible, alumbrada y pública de los pueblos, si no es al mismo tiempo, y en cierta magnitud, historiador de su vida profunda y oculta”.