Fotocomedor

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martes, 2 de octubre de 2012

Reflexionar es dudar.



Vivimos tiempos para mucha reflexión, tal vez más de la que podemos abarcar y, la verdad, tampoco es que uno sea muy listo. Entre la crisis y la autodeterminación de Cataluña no hay día que uno no se sienta absolutamente perdido o impotente. Adelanto que soy pesimista en los dos asuntos que apunto, pero reflexionar, lo intento.

Respecto a la crisis es posible que estemos ante un ensayo o tanteo de organizar un nuevo orden capitalista por las enormes tensiones que viene generando y cuyas consecuencias sociales empiezan a ser más graves, según creo, que las de la última gran crisis capitalista del 29.

No sé si me paso de sospecha conspirativa, pero hay signos evidentes de un enorme deterioro de “esta economía” que tiene su origen en el poder financiero y que sigue controlando lo mismo que ha estropeado. Recuerdo, casi como anécdota, que el capital con nombre y apellidos, pongamos de las 560 grandes fortunas en el mundo, 75 de ellas están relacionadas con la producción empresarial de algo, mientras que las 485 restantes son gracias a la actividad financiera. Esto es coherente con la visión neoliberal que se tiene de las empresas como marco de contratación  de las personas, como cacharros productores y la visión de los países como marcos jurídicos y de relación contractual. La “función social” de la empresa es una tontería a sus ojos, por lo tanto de las deslocalizaciones y los cierres empresariales pasan completamente, así como de sus consecuencias y pasan de los valores como integración colectiva, identidad, soberanía, etc. Las empresas, sus trabajadores y los países en general valen lo que los mercados financieros dicen que valen.

Intuyo que el Gran Capital ha debido romper sus propias reglas básicas aplicables de manera local o nacional hasta hace poco, pero no aplicables a nivel de la globalización. Las reglas de juego se incumplen posiblemente para generar nuevos escenarios que no son precisamente para recuperar el viejo capitalismo, no sirven para volver a las mismas vías de ése tren, sirven fundamentalmente para controlar el nuevo reparto de poder en el mundo, a raíz de las economías emergentes con porcentajes de crecimiento 5 veces superiores a Occidente y además no podemos ignorar las nuevas y objetivas condiciones que se darán en el mundo en tan sólo los proximos 20 años: crecimiento de las poblaciones, recursos naturales limitados, energías, revolucion tecnológica, etc. Este capital, representado por las grandes corporaciones multinacionales determina el destino de demasiada gente y de demasiados países. Se van a quitar de encima las pesadas alforjas de las “sociedades del bienestar” y se va a la competitividad pura y dura ( sin importar que se generen niveles de paro estructurales del 25%) aunque para ello apunten a peligrosos procesos de totalitarización por arrinconamiento de las democracias nacionales, impotentes al ataque de esos mercados. La legalidad democrática se respeta, por ahora, si ésta respeta las reglas de juego, es decir, si paga. Consecuencia palpable es que hoy, y seguro que mañana, el mundo del trabajo quedará profundísimamente afectado. La hasta ahora lucha de clases desaparecerá incluso de nuestro lenguaje. Los trabajadores se moverán en un mercado contínuo, itinerante, controlado por las empresas privadas. La conciencia de clase será un anacronismo.
Nos han perdido el miedo, han perdido el miedo a las “revoluciones” y están convencidos que el vacío del discurso de la izquierda les da crédito para rato.

A “esta economía” se le está dando estatus de naturaleza, es decir, que la versión de “esta economía” es “la economía” y  que está conceptualmente en contraposición. Sólo se sostiene ( gracias al enorme potencial que tiene y los medios que controla), en el discurso ideológico de los recortes manejado muy activamente en Europa ( FMI, BCE, CE)  y del que es cliente incondicional nuestro gobierno entre otros.

Están devaluando enormemente la eficacia de las democracias por culpa del chantaje financiero, creando con ello un sentimiento antipolítico peligroso. En esto no deberíamos confundirnos: que haya políticos incompetentes no significa, ni debemos reivindicar, que no haya políticos, al contrario, ése es un espacio, lo político, que debe estar perfectamente activo. Correspondería a nuestra parte de responsabilidad la de intervenir políticamente en esa contraposición con la convicción de que es posible por supuesto otro tipo de economía. Toda manifestación, toda presión democrática en ése sentido juega favorablemente a favor de los intereses generales y no a los intereses de unos pocos, aunque grandes, que controlan el mercado,la deuda, los bonos y todos esos artilugios casi metafísicos que son verdadero grillete y verdadero chantaje que les permite controlar el poder.

Esta crisis será interminable y las consecuencias, hoy amargas, serán todavía peores. Sólo tengo la esperanza de que “lo humano” no sea estricto cálculo y en algún momento sea capaz de cambiar las cosas. El sacrificio, en cualquiera de los casos me parece que será enorme.

El segundo punto que apuntaba  pesimista es el de la independencia de Catalunya. Sigo sin entender qué ha pasado para que lo que no hace 5 años era testimonial, se convierta en el eje fundamental, exclusivo, de nuestra política. Antes del 11S, si me preguntan sobre la independencia, habría dicho que la composición social de este país, de Catalunya, no daba para afrontar esa vía histórica. Después del 11S sigo pensando que la composición social es la misma pero que ha cambiado el escenario y nos portamos como si fuéramos otros personajes. ¡Claro que es importantísima la manifestación del 11S! y que es inapelable, pero en este recorrido que nos espera, los que ocupábamos la calle por el tremebundo ataque que sufríamos con los recortes del actual gobierno catalán, acudiremos a unas elecciones plebiscitarias que no pondrán en tela de juicio ese ataque y se le regalarán votos  para aplicar la misma medicina. Habremos decidido con el corazón lo que nos viene negado por la razón y lo que he apuntado más arriba sobre soberanía me hace muy escéptico. Sea pues, de todas formas, lo que este pueblo quiera que sea su futuro, pero yo, “a priori”,  creo que me voy a quedar sin alternativa. No me quedaré atrás en la defensa de la lengua, la cultura, los derechos nacionales que configuran la identidad. Cuando ha habido que hacerlo lo he hecho. Cuando haya que hacerlo, lo haré, con mi granito de arena, pero no será envolviéndome en una bandera estelada. He militado alguna vez en una organización confederada y me gustaba el concepto, hasta tal punto que no lo he abandonado. Además las banderas tapan demasiados agujeros de injusticia y de intolerancia y siempre me han dado mal agüero.

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