Fotocomedor

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viernes, 3 de enero de 2014

Galileo


Galileo ha sido uno de los personajes históricos que más me ha fascinado y que por circunstancias ha ocupado parte de mi tiempo de admiración y disfrute con lecturas del mismo Galileo o con otras muchas a él referidas. Recuerdo que, hace bastante tiempo ya, gracias a Galileo conseguí buenas notas en una asignatura que se llamaba Historia de la Ciencia, aunque con no poco sacrificio, pero contribuyó mucho a mi afición por la astronomía. La asignatura me introdujo lógicamente a hacer cotidianos muchos de los nombres que han contribuido a la evolución de nuestro conocimiento de la Naturaleza, desde Platón, con su célebre axioma de explicación de la mecánica celeste mediante la perfección geométrica del círculo, hasta la teoría de la relatividad de Einstein.
Asistí hace algún tiempo (setiembre 2010), con agradecida sorpresa, a la lectura teatralizada de las actas de la inquisición  del juicio a Galileo, que algunos socios de Agrupación Astronómica de Sabadell realizaron en colaboración con la Universidad Autónoma. En este juicio tuvo que abjurar de sus ideas o hubiera acabado en la hoguera,como Giordano Bruno.
El trabajo de Galileo dio un vuelco absolutamente radical a la física que tan inteligentemente  había desarrollado Aristóteles, tan cargada de sentido común que duró 2000 años. Galileo cambió la mirada al mundo, cambió la explicación de una manera nueva. Interpretó a la Naturaleza con lenguaje matemático, es decir, fue el artífice del método científico. Supo explicar con rigor el movimiento de los cuerpos contra toda evidencia de los sentidos y supo explicar y romper con el carácter inmutable de los cielos haciendo terrenal lo que tenía atributos divinos. Sus descripciones de las fases de Venus y de la Luna le acarrearon, a pesar de pruebas irrefutables, grandes detractores. Él era irónico y muy seguro de sus demostraciones así que a la muerte de uno de sus más acérrimos enemigos, Giulio Libri, matemático y filósofo aristotélico de la Universidad de Pisa, escribió el siguiente epitafio: “ha muerto en Pisa el filósofo Libri, acérrimo impugnador de estas fruslerías mías, el cual, no habiéndolas querido ver en la Tierra, quizá las vea al irse al cielo”.
Su aportación por tanto fue asombrosa y queda para mi memoria la imagen de su tumba en un viaje a Florencia, donde sentí emoción sincera.

Todo esto viene a cuento por el libro que estoy repasando de una colección de RBA sobre Grandes Ideas de la Ciencia. Una gozada.

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