Fotocomedor

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martes, 20 de enero de 2015

Leyendo filosofía política

Esta tarde de invierno, con algo de frío en cuerpo y alma, me encuentro la cita(*) que literalmente expresa un estado de ánimo en lo político, una reflexión sobre el mal social contemporáneo dicho con palabras de ¡finales del siglo XIX!:
“No me cabe ninguna duda de que el mundo en el que vivimos puede vivirse. Pero no por ello deja de ser un mundo de injusticia social en el que no hay libertad igual para todos (y, por tanto, para ninguno); un mundo de guerras, miserias y hambres sociales en el que no hay razón virtuosa ni felicidad en todos (y, por tanto, en ninguno). Entonces, decir de este mundo que “puede vivirse” es más una afirmación histórico-natural que histórico-moral. Este mundo real de fin de siglo es culturalmente bárbaro en su refinamiento. Me produce espanto el modo con que resuelve el antagonismo social y las imágenes que tengo de este modo moderno de vida son desgarradas y perplejas, cuando no trágicas.[…]. Este es un mundo que a la vez que me indigna y me subleva, me hace seguir siendo idealista y escéptico, ambas cosas juntas. Es decir, me hace ser un perdedor y lo que para mí es lo mismo: un racionalista infeliz.”
Es como un autodiagnóstico de los síntomas producidos por lo que creo que es bastante común a todos: desmantelamiento del llamado “estado de bienestar”, desigualdad creciente, injusticias sangrantes,  guerra, pobreza, corrupción, fundamentalismos descerebrados,etc, etc,.Vivo con problemas este discernir entre lo subjetivo y lo objetivo que exige esta voluntad mía de racionalismo o lo que es lo mismo, voluntad de entender esta puñetera realidad.


(*) Se trata de J.Lapv, autor de una obra inédita: “Crítica política”.(Citado en un artículo de Pablo Ródenas en la revista Anthropos)

martes, 30 de diciembre de 2014

Observatorio, Montañas, Universo

Recojo de la imagen del día de la Nasa esta preciosa foto compuesta a base de tres imágenes, en Agosto pasado.La genialidad de esta imagen viene en capas. 
La capa más cercana, en primer plano, contiene el pico Terskol Observatorio situado en el norte de las montañas del Cáucaso de Rusia. El blanco de la cúpula sobre el telescopio de 2 metros es claramente visible. El observatorio se encuentra en Monte Elbrus ,la montaña más alta de Europa , con otros picos visibles en las inmediaciones. Las nubes son visibles tanto delante como detrás de los picos de las montañas. Lejos, en la distancia, la capa más distante: las estrellas y nebulosas del cielo nocturno, con la banda central de la Vía Láctea creciente a la derecha de la imagen.Quién pudiera hacer estas fotos ....!.



Imagen Créditos & Copyright: Boris Dmitriev 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Proceso

Se está dando en el llamado proceso catalán una condición necesaria para seguir y ensanchar su alcance: la ilusión.
Todas las movidas, enormes movidas colectivas de nuestro pueblo, han contado con ese elemento esencial, la ilusión. Y no es de extrañar que así ocurra cuando nuestro día a día está cargado de tintes grises, descorazonadores, por el avance de la injusticia, la desigualdad, el desamparo, el cinismo informativo, etc., que tienen sus causas objetivas en el paro, la corrupción, el despotismo del poder, etc. etc. Pero la ilusión no sé muy bien por quién y hacia dónde está dirigida para superar los males sociales que nos rodean. Porque en todo este movimiento, o proceso, lo que veo son dos componentes. Una reivindicación histórica, larga en el tiempo, sobre la identidad de un pueblo, de una nación, es decir los rasgos que la definen y que giran en torno a su cultura, su idioma, y otro componente que es el de la búsqueda del bienestar que gira en torno a un buen nivel de justicia, igualdad, educación, sanidad… Se trata de discernir cuál de ese movimiento es el motor más significativo o si son los dos a la vez.
Para un no independentista la identidad es un hecho innegable, absolutamente transversal, que sólo cabe respetar sin fisuras. Así, no encontraría yo ningún elemento jurídico, ni político para impedir el derecho a decidir en referéndum sobre este asunto. Obtenidos los resultados, ya veríamos cómo seguir manteniendo la convivencia que bajo ninguna justificación debería romperse pues sería el resultado de una decisión tomada en libertad.
Para un no independentista la búsqueda del bienestar, el segundo componente citado, ya no está tan clara en ese movimiento y creo sinceramente que en este terreno la ilusión es manipulable porque la demagogia puede dispararse hasta límites de disparate.
Estos dos componentes los apuntaba Borja de Riquer cuando establecía  dos maneras de representar el proyecto de una nación: como esencialista o como proyecto político.
En la izquierda tradicional catalana veo una mezcla algo tensa de los componentes de la ilusión porque implica alguna confusión sobre la prioridad que debe tener la identidad o el proyecto político. No veo nada claro que la legítima reivindicación de la identidad lleve aparejado un proyecto político que nos saque de los múltiples males que padecemos hoy y que intuimos ampliados para mañana. La contradicción de hacer viaje o proceso con parte de los responsables de nuestro estado de malestar no me llega al cerebro porque no me pasa por el estómago.

Reconozco lo difícil que es en estos momentos no dejarse llevar por la ilusión y su inevitable carga de demagogia y simplicidad de argumentos que utiliza el independentismo, como de la misma manera veo difícil no dejarse llevar por la ilusión de cambiar las cosas que hoy representa el nuevo partido político Podemos, con un discurso inevitablemente demagógico y simple. Ambos están arrastrados por la ilusión. Así que hecho a faltar esos argumentos que pasándome por el estómago, es decir, por las propuestas que tocan el día a día, lo concreto, me lleguen al cerebro, es decir, a la razón que será la que me justificará la decisión (que ahora mismo se me presenta impredecible) con pretensión de responsabilidad sobre mi futuro y el de todos.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Radical

Estoy pensando que toda mi vida ha estado guiada en lo político y en lo sindical por una radicalización permanente porque del poder hay que defenderse siempre, sea el que sea. Curiosamente ahora sigo sintiendo esa radicalidad, como si por mí no hubieran pasado los años, y son bastantes. No es normal y sería casi esquizofrénico pensar ahora lo que pensaba antes, pero dadas las circunstancias políticas por las que estamos pasando, resulta que cuando antes mi radicalidad era anarquista ahora mi radicalidad es socialdemócrata. La barbarie neoliberal tiene estos efectos colaterales.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Socialdemocracia

Hay días en los que un periodista  recoge casi punto por punto aquello que piensas o le has dado alguna vuelta o sencillamente te has preguntado por ello. Es lo que me ha ocurrido con este artículo que recomiendo:

http://www.eldiario.es/zonacritica/Atencion-Peligro-Socialdemocratas_6_330076993.html


jueves, 20 de noviembre de 2014

Vivir sin miedo

En el tono y en la forma hoy me ha gustado este enlace de Eduardo Galeano. 


La fiesta de la insignificancia

He sentido una extraña sensación de escepticismo de Milan Kundera tratando  las falacias del poder, el erotismo, la cultura, pinceladas que se tocan en esta novela posiblemente con la carga de la edad del autor. He notado un punto de vacío como cuando uno se despide y no sabe con qué quedarse. En esta novela hay referencias a sus otros libros y esos guiños a más de uno se nos escapan. He elegido esta tragicomedia (sentimiento que no se abandona casi nunca en la lectura) que describe una paradoja original.


—Pero ¿quién era Kalinin? —preguntó Calibán.
—Un hombre —continuó Charles— sin po­der real alguno, un pobre e inocente pelele, quien, sin embargo, fue durante mucho tiempo presiden­te del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado. Vi una vez una foto suya: un viejo mili­tante obrero con una barbita puntiaguda, enfun­dado en una chaqueta mal tallada. Ya por enton­ces Kalinin era viejo, y su próstata hinchada le obligaba a mear con frecuencia. La pulsión urinaria era siempre tan fuerte y repentina que le obligaba a correr hasta el primer urinario que en­contrara, aunque estuviera en un almuerzo oficial o en pleno discurso ante una numerosa audien­cia. Había adquirido ya una gran destreza. Todo el mundo en Rusia recuerda aún hoy una gran fiesta que tuvo lugar durante la inauguración de un nuevo teatro de ópera en una ciudad de Ucra­nia durante la que Kalinin pronunció un larguí­simo discurso solemne. Se veía obligado a in­terrumpirlo cada dos por tres y, cada vez que se alejaba del atril, la orquesta empezaba a tocar música folclórica y unas bellas y rubias bailari­nas ucranianas saltaban al escenario y se ponían a bailar. Al regresar al estrado, Kalinin siempre era recibido con grandes aplausos; cuando volvía a abandonarlo, los aplausos redoblaban su fuerza para saludar el regreso de las rubias bailarinas; y, a medida que se aceleraba la frecuencia de sus idas y venidas, más largos, más fuertes y más cordiales eran los aplausos, de tal manera que la celebra­ción oficial se había convertido en un alegre, en­loquecido, orgiástico clamor como jamás había conocido el Estado soviético.
Pero, cuando Kalinin se encontraba en su re­ducido círculo de camaradas, a nadie se le ocurría aplaudir su orina. Stalin iba contando sus anécdotas, pero Kalinin era demasiado disciplinado para atreverse a molestarlo con sus idas y venidas al baño. Tanto más cuanto que Stalin, mientras hablaba, lo clavaba con la mirada al tiempo que él iba palideciendo hasta terminar en una mueca. Eso animaba a Stalin a alargar aún más la narra­ción, a añadirle descripciones y digresiones, y a postergar el desenlace hasta que, de repente, la cara tensa frente a él se relajaba, la mueca desa­parecía, se le distendía la expresión y una aureola de paz rodeaba su cabeza; sólo entonces, cuando sabía que Kalinin había perdido una vez más su gran batalla, Stalin pasaba rápido al desenlace, se levantaba de la mesa y con una sonrisa amisto­sa y alegre, ponía fin a la sesión. Todos los de­más también se levantaban y miraban con mali­cia a su compañero, que se colocaba detrás de la mesa, o detrás de una silla, para ocultar su pan­talón mojado.
A los amigos de Charles les encantaba imagi­nar esa escena. Sólo después de una pausa, Calibán se animó a interrumpir aquel animado silencio:
—En todo caso, eso no explica en absoluto por qué Stalin dio el nombre del pobre prostático a la ciudad alemana donde vivió toda su vida el célebre... el célebre...
—Immanuel Kant —apuntó Alain.
Cuando, al cabo de una semana, Alain volvió a ver a sus amigos en un bistró (o en casa de Charles, ya no me acuerdo), enseguida interrum­pió su conversación:
—Quiero deciros que, para mí, es absoluta­mente admisible que Stalin diera el nombre de Kalinin a la célebre ciudad de Kant. Ignoro qué explicaciones habréis podido encontrar a este asun­to, pero yo sólo le veo una: Stalin debía de sentir por Kalinin una ternura excepcional.
La sorpresa jovial que descubrió en la cara de sus amigos no sólo le encantó sino que incluso le inspiró.
—Sí, ya sé, ya sé... La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lu­cifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamien­tos, asesinatos, masacres. No lo pongo en duda, muy al contrario, quiero incluso recalcarlo para que aflore con mayor claridad que, frente al in­menso fardo de crueldades con las que él debía cargar y vivir, era imposible que dispusiera de un bagaje igualmente inmenso de compasión. ¡Se habría superado cualquier capacidad humana! Para vivir su vida tal como era, no podía sino anestesiar y luego olvidar del todo su facultad de apiadarse. Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un peque­ño dolor, un dolor concreto, individual, compren­sible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un dé­bil, modesto sentimiento casi desconocido, en todo caso olvidado: el afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso. La ternura aumentaba en el cora­zón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin. Redescubrir un sentimiento que había dejado de sentir desde ha­cía mucho tiempo era para él de una inexpresable belleza.