Fotocomedor

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domingo, 23 de junio de 2013

Hannah Arendt, la película




Fui en sesión matinal a ver la película Hanna Arendt, de Margarethe Von Trotta, que ya firmó una película sobre Rosa Luxemburgo que no he visto. Arendt es una controvertida pero genial filósofa a la que he leído un poco y a la que tengo que agradecer algunas ideas claras sobre los totalitarismos. Amante de la verdadera política, único espacio de la comunicación colectiva, Arendt sigue siendo tratada por izquierdas y derechas siempre de manera sesgada y confusa. Como dice Manuel Cruz, un profesor de los que tuve en Filosofía, Arendt, “a pesar de ser conocida no acaba de estar del todo identificada” y seguramente será por eso que, como decía el Antonio Muñoz Molina de mi última entrada, era una “aguafiestas”, quiero decir con esto que fue capaz de ponerse a contracorriente siendo fiel a sí misma. En cualquier caso, para mí, es digna representante de un pensamiento abierto, sin dejarse intoxicar por nacionalidades, religiones, ideologías, etc.


Arendt asiste al juicio del criminal nazi Eichmann, secuestrado por el servicio de inteligencia israelí y llevado a Israel. La revista New Yorker la envió para cubrir ese juicio y  escribir por entregas todo su desarrollo. Posteriormente acabaría en formato libro: Eichmann en Jerusalén.


La película me ha gustado, no sé si por mi predisposición al personaje, pero admito que la trascendencia del dilema moral que se toca no hace fácil entusiasmarse con una buena realización, una buena dirección y una buena interpretación. Sólo he visto un poco forzada la actuación tan amorosa y comprensiva del marido, tal vez para contrarrestar la imagen de arrogancia y distanciamiento afectivo que debía tener la filósofa. A retazos oportunos, el guión nos va recordando la relación que tuvo con el filonazi y archiconocido filósofo Martin Heidegger. Buena parte de la película recoge testimonio directo de las preguntas y respuestas en el juicio.


Su análisis del personaje juzgado levantó pólvora en muchos frentes: en los judíos, en la prensa, en el ambiente académico. Su afirmación no presentaba dudas: Eichman era un funcionario imbécil, superficial, sin sesera, que obedecía estrictamente órdenes aunque estas fueran mandar a miles y miles de judíos a los campos de exterminio y ,por si fuera poco, Arendt achacaba, por el peso de los hechos, responsabilidad a jefes judíos que colaboraron con los nazis.
Hanna Arendt

Desde el punto de vista teórico lo que expone y defiende en la película, con algunas partes de su discurso literales, es el concepto de “banalidad del mal”, banal porque las dimensiones del mal provocado no tenía descripción ni medida previa conocida, de tal manera que al buscar raíces de ése mal, siquiera desde el sentido común, no las encontraba, no había nada, un mal tan salido de campo que se salía del pensamiento, que lo desafiaba. Lo único que había de la personalidad de Eichmann era nada, ningún pensamiento, sólo banalidad ante los crímenes horrendos. O sea que según Arendt existe un mal que puede ser realizado por cualquiera (es terrorífica esta idea) por falta de pensamiento. Esta característica creo que la recoge muy bien en su análisis sobre los totalitarismos en los que el sistema anula completamente al individuo, como es el caso. Decía en mi entrada anterior que la Literatura nos descubría la verdad y los matices de lo particular mientras que esos sitemas trataban siempre de anularlo.


Arendt tuvo verdaderos problemas para que la entendieran y para explicar lo que parecía inexplicable, a saber, que un mal tan radical como el que se juzgaba por la muerte de millones de judíos, fuera calificado como “banal”. Gran parte de su vida tuvo que insistir en sus explicaciones.

 En definitiva, buen cine de reflexión.

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