Fotocomedor

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jueves, 26 de diciembre de 2013

Doctor Pasavento

En el Club de Lectura de la biblioteca de mi barrio hemos leído “Doctor Pasavento” de Enrique Vila- Matas, un libro sorprendente y cargado de referencias literarias, filosóficas, artísticas, aunque algo complejo.

Se arranca con la idea de una intrigante y curiosa paradoja: “ ¿Hacia dónde va la literatura? Va hacia sí misma, hacia su esencia que es la desaparición, un viaje que es regreso a lo esencial”. No es en vano que empiece con esta contundencia el ensayo de Vila-Matas pues corre absolutamente paralelo a la vida de un autor real: Robert Walser  que tenía la manía de querer  desaparecer como autor, una especie de deconstrucción del “yo” que sitúa a Montaigne en sus antípodas. Montaigne es el constructor del “yo” como demuestran sus ensayos en los que el eje de la experiencia es él mismo, el centro de su reflexión. Curiosamente, ése sujeto moderno en relación con el mundo, nació en la habitación  de una torre del original filósofo humanista.

Así pues trata este ensayo  de los intentos de desaparición del autor, el  no darse a conocer, evitar su presencia, su éxito, su creación, para quedarse a escribir sólo por pura necesidad vital. Viene a cuento de este asunto del escribir, unas palabras de José Ovejero que recojo resumo en lo esencial: “Escribir no es una manera de luchar contra la desaparición, sino una herramienta para defender la importancia de lo fugaz y conceder a cada experiencia un mínimo espacio para que genere un eco. La escritura no como inmadura rebelión contra la muerte sino como afirmación consciente de cada instante en el que nos sentimos vivos”. Tiene pues sentido el escribir, aunque fuera para uno mismo. Tiene sentido más allá de aquella utopía que citaba Barthes de un mundo exento de sentido.

No hay lugar para el vacío en esto de la literatura. Como decía Muñoz Molina, la necesidad de escribir, del contar, forma parte de nuestra naturaleza. Es una aspiración vana, contradictoria, la de escribir para desaparecer, y lo es para el loco Robert Walser, maestro de la ausencia retirado en el manicomio de Herisau, y lo es para el doctor Pasavento de Vila Matas que mira siempre de reojo a ver si la realidad se acuerda de él, y si la realidad no responde entonces responde la ficción, convirtiéndose él mismo en múltiples personajes que como si fueran dictados de diversas almas le van ayudando a vivir,  le corrijen, porque desaparecer como autor no implica ni mucho menos querer dejar de existir. Existir, esa bella infelicidad del estar sólo, de envolverse en el silencio, de no temer la locura, de sentirse libre infinitamente.

El doctor Pasavento no está loco de remate, es una esquizofrenia controlada que nos hace descubrir lo difícil que es diferenciar la línea de la genialidad de la línea de la locura, una frontera demasiado difusa. Y se dicen cosas interesantes: “La literatura consiste en dar a la trama de la vida una lógica que no tiene. A mí me parece que la vida no tiene trama, se la ponemos nosotros, que inventamos la literatura” y reivindica lo mismo que el Fausto de Goethe: "Devuélveme el impulso sin mesura, la dicha dolorosa en lo profundo, la fuerza del odio y el poder del amor ¡¡ devuélveme otra vez la juventud !!". Se dice que "los supuestos enloquecimientos de los personajes como Hölderling, Nietzsche, Artaud o Robert Walser no eran tales, sino más bien extravagantes discursos literarios que eligieron un modo de comunicarse poco común, más lúcido probablemente".

Pero la insistencia de la desaparición se mantiene constante pues Pasavento no quiere ser un héroe, no quiere ser ya lo que había sido, no quiere el éxito, quiere odiar profundamente la grandeza, quiere desembarazarse de esa puñetera obligación de ser alguien en la vida o de ese “yo mismo” que nos atiborra de derechos y deberes. Esa duda del yo la manifiesta Borges de otra manera: “La verdad es que morimos cada día y nacemos cada día. Estamos continuamente muriendo y naciendo. Por eso el problema del tiempo toca más que los otros problemas metafísicos. El del tiempo es nuestro problema. ¿Quién soy yo?¿Quién es cada uno de nosotros?”. Pasavento quiere en definitiva ser un amante de escritores sin rostro equipados con la discreción de la literatura y quiere, lo que quería Kafka, seguir existiendo sin ser molestado.


Choca, ese escribir para desaparecer, para ausentarse incluso del pensamiento ("El que se empeña en no pensar hace algo verdaderamente necesario" decía Walser) y choca mucho con el enfoque nietzscheano de la unidad de la persona, de su sentido, que trasciende al individuo y en la que se encuentra la razón de su humildad y de su solidaridad con el resto de personas. Toda finalidad humana es búsqueda y trabajo, autolimitación, reconocimiento del valor y de la dignidad de los demás. Sin un fin determinado, sin un sentido, en que el hombre sintetice la multiplicidad de sus aspectos y de sus relaciones con los demás y con el mundo, el individuo, el yo que defiende Montaigne, cargado de una experiencia que se compara con otras experiencias, la persona, en una palabra, sin ese fin no es más que un conjunto de genialidades vacías. En ese relieve, en esa actitud es a donde a Montaigne le surge la aceptación serena de la condición humana, tan alejada de la exaltación como del desaliento.

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