Fotocomedor

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domingo, 16 de febrero de 2014

Viajar

Vengo necesitando un viaje. Uno de esos que te transforman un poco. Uno de esos en los que hay un antes y un después de hacerlo. Me ocurrió con el que hicimos a Florencia hace ya demasiado tiempo. Paseamos las calles, museos, palacios y cogimos la buenísima costumbre de reparar el esfuerzo haciendo unas siestas geniales. La luz que nos acompañaba, anaranjada y cálida tras unas espléndidas cortinas, formaba con el sonido de las campanas de Santa María dei Fiore un conjunto melódico perfecto para nuestros sentidos. Habíamos visto mil bellezas en nuestro recorrido por palacios, museos, calles,  y sentíamos la ebriedad que probablemente sentía Stendhal en su síndrome. Aprendimos mucho y quedó en nuestra memoria una sensación de plenitud inigualable.

Fuimos con el talante y ritmos propios, sin urgencias impuestas por programas turísticos estresantes. Abiertos al conocimiento y al disfrute estético no nos pasó como a aquél presuntuoso que señalaba Montaigne que no había aprendido nada de su viaje: cómo iba a aprender, decía, si se llevó entero consigo.


Se trata de viajar para salir de uno mismo; para superar esta sensación de estar en casa no sabe uno bien si por refugio o por encierro; para dejar atrás un poco de lastre y ejercitarse libremente en ampliar los horizontes de nuestra experiencia. No reclamo aventura, no es eso, pido cambio, transformación del sentir, pido ver los relieves de la diferencia a ver si por esa vía uno acaba sabiendo algo más de aquello que parecemos ser.

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