Fotocomedor

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viernes, 17 de febrero de 2012

Abuelidad


Esta tarde tenía sobre mí pecho a mi nieto, sintiéndolo respirar azoradamente por el juego. Cerraba los ojos intencionadamente como esperando mi reacción. Me paro a mirarlo y me parece mucho más bonito que estos días cristalinos de luz de invierno. Suelta una sonrisa cómplice y me da un zarpazo en la cara y me hago  víctima dolorida. Me mira con medio puchero y no sabe que se me está partiendo el corazón, convertido hacía rato en espuma. Cambio el semblante y lo convierto en agua y brisa y entonces sus ojos, nubes perfectas, estallan de alegría y se vuelve a revolcar y nos fundimos en un solo abrazo, en un solo calor, en un solo centro del mundo.
Este abuelo ateo, sólo por arrancarle una risa, se abría convertido.

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